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Relato de una mujer que se salvó (segunda parte)

Mi madre se marchó a otro país y nos quedamos a cargo de mi padre, quien apenas nos prestaba atención.  Yo comencé a dejar de comer, a faltar a la escuela y a buscar ese afecto en otras personas que no mejoraban en nada mi situación. 

A los 16 años conocí a Manuel (nombre ficticio), quien me prometió darme todo lo que nunca había tenido: un hogar y alguien en quien confiar. Con él tuve mi primer hijo, momento en el comenzó a cambiar todo. Él no paraba de decirme cosas como: “no te olvides de dónde te saqué”, “si no hubiera sido por mí, dónde estarías”. Me sentía cada vez más sola, perdida. Poco a poco aumentaban las humillaciones y con ellas los golpes. Cuando me quedé de nuevo embarazada y él no quería saber nada del bebé que estaba creciendo en mi interior, algo dentro de mí cambió.

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Llegó un día en que no quise aguantar más, y mi mirada ya no se dirigía al suelo, sino a sus ojos. Y es cuando la violencia y las humillaciones se recrudecieron. Llegaba a dejarme en ropa interior en la calle, los golpes ya se dirigían a la cara y mis hijos eran conscientes de todo lo que pasaba, sobre todo el mayor. Es ahí cuando decidí buscar una salida, la cual se presentó y me tiré directamente hacia ella. Quise huir y dejar todo atrás, aunque no sabía que lo que me esperaba delante no era ni mucho menos mejor. En España fue donde terminé de sentirme como un objeto más, en manos de otros hombres que eran igual o peor que el hombre del que había escapado.

Me vi de nuevo obligada a huir, esta vez en un país que ni siquiera era el mío y del que apenas conocía gran cosa. Pero por fin encontré a mujeres y hombres dispuestos a tenderme una mano firme y llena de bondad y por quienes hoy puedo decir bien alto que:

Cada mujer, cada una de nosotras, somos tan hermosas y fuertes que merecemos ser valoradas y respetadas. Nadie nos puede negar ese derecho que es inherente a cualquier ser.

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