Fiet Gratia

Una visión antropológica del COVID-19

Vivimos una crisis referencial y queremos compartir una visión antropológica del COVID-19.

Hacia dónde mirar y qué modelo asumir para combatir al COVID-19 es una cuestión de primer orden.El encaje social y cultural de las medidas de intervención social es difícil y han de sintonizar con realidades sociales complejas. Las cuestiones que nos planteamos son si estamos mirando al lugar correcto, si nuestro modelo de gestión es el más adecuado a nuestro contexto y si las medidas alcanzarán a las personas más desfavorecidas.

Mirando al modelo chino de control centralizado en la crisis del SARS (2003), observamos que la epidemia motivó la estigmatización y violencia hacia trabajadores migrantes llegados a las ciudades. Se les culpaba del brote epidémico y de traer el virus desde las áreas rurales. La aplicación del modelo a la crisis actual también ha generado problemas comunitarios: personas contagiadas han sido recluidas por sus vecinos, recibieron amenazas e incluso fueron víctimas de agresiones. Y no estoy hablando de irresponsables que no cumplen el confinamiento, sino de víctimas de la enfermedad. Aunque la experiencia china y sus avances sanitarios han beneficiado al resto de países, carecemos de informes sobre las consecuencias sociales y culturales de la epidemia. 

En la experiencia africana frente al Ébola (2013-2016), el control centralizado fue poco efectivo y generó desconfianza y falta de compromiso. Las cuarentenas impulsadas por el estado tienen una historia vinculada al colonialismo y su reproducción contemporánea evoca recuerdos de prácticas represivas. La desinformación hizo ver el origen de la epidemia en intervenciones extranjeras o gubernamentales que buscaban poder político, despojo de tierras e incluso el genocidio. Hubo episodios de violencia. La ayuda no llegó a todos y hubo graves enfrentamientos con la policía en los barrios marginales por la necesidad de búsqueda de alimentos y de mantener las interacciones sociales vitales para el sustento. Los sistemas de salud “débiles” fueron un problema por su escasa capacidad de vigilancia y respuesta y porque no contaban con el compromiso de las poblaciones que preferían los recursos de salud tradicionales.  

Todo cambió cuando las cuarentenas comenzaron a ser lideradas por autoridades e instituciones locales en coordinación con los gobiernos. Jefes de poblados, líderes juveniles o de mujeres, pudieron satisfacer las necesidades sociales y económicas de manera más flexible y pragmática. Los esfuerzos liderados por la comunidad fueron vitales. A esta participación se sumó un fortalecimiento de sistemas de salud confiables y de amplia base con prioridad frente a epidemias. Quizá ahora, África esté mejor preparada de lo que pensamos para afrontar la crisis y será interesante seguir su evolución. 

Otra referencia para una visión antropológica del COVID-19 es el brote epidémico de virus Nipah (VNi) en Kerala, India (2018-2019), donde hay gran experiencia en la gestión de la diversidad cultural. La participación comunitaria fue prioritaria. La gestión a través de los “panchayat” o concejos comunales y de los organismos locales urbanos, el apoyo a las familias, el trabajo de las ONG, la implicación de los líderes de opinión y religiosos, formaron un apoyo fundamental a los esfuerzos del gobierno. Hubo una estrategia de comunicación efectiva, contextualizando los mensajes a la percepción cultural, normas, valores, condiciones económicas, estructuras sociales, historia o experiencias pasadas y con una actualización continua.

Una visión antropológica del COVID-19

Así, la promoción de la salud, la participación comunitaria, el desarrollo de capacidades y una buena estrategia de comunicación complementando la acción del gobierno tuvieron como resultado un aumento de la confianza en el gobierno y la sanidad pública, se atenuó el estigma contra las personas afectadas, se abordaron las reticencias de la comunidad causadas por la desinformación y condujo a un mejor cumplimiento de las intervenciones sociales y de conducta como el distanciamiento o el lavado de manos. Será también interesante seguir la evolución de la actual crisis allí.

En España el modelo adoptado está pendiente de evaluación y la vuelta a la normalidad es todavía una incógnita. Centrándonos en las personas desfavorecidas, preocupa la estigmatización de los migrantes, la sostenibilidad de las ayudas a los “sin techo”, la atención a mujeres víctimas de violencia de género. Preocupan las personas que se sustentan en economías informales, ahora en riesgo de pobreza extrema y víctimas potenciales de explotación por las mafias. Preocupan las mujeres prostituidas, obligadas a continuar ofreciendo servicios arriesgando su salud hasta el límite. Estas y otras muchas situaciones forman parte de nuestra sociedad.

La participación comunitaria puede ser un recurso que ayude a resolver estas y otras cuestiones no tan extremas. Debe apoyarse en líderes vecinales, líderes de comunidades religiosas, étnicas, líderes de opinión, ONG… Porque son quienes mejor conocen la vulnerabilidad de sus comunidades, su funcionamiento, sus lógicas culturales, quienes tienen una mayor influencia y credibilidad entre ellas y así cuentan con conexiones con los poderes públicos. En definitiva, la participación de la comunidad en coordinación con las administraciones públicas, la reformulación de un sistema de salud solvente y un sistema de comunicación trasparente confiable tendrá consecuencias para la superación de esta crisis y a largo plazo mejorará nuestra preparación frente a futuras emergencias.  

Xabier Graña Fernández, nos ha presentado una visión antropológica del COVID-19.

Es Diplomado en Biblioteconomía y Documentación, Licenciado en Antropología Social y Cultural, y Máster en Investigación Antropológica y sus Aplicaciones. Ha participado en proyectos de cooperación internacional y actualmente realiza voluntariado en la ONGD Fiet Gratia.